viernes, 20 de julio de 2012

Últimos kilómetros detrás de Cela



Lunes, 16 de julio de 2012. 5ª etapa. Pontevedra-Valença do Minho (58 kms)

El día amanece despejado, sin una sola nube. Hoy va a hacer calor y no es lo más interesante para una jornada bicicletera. Nos esperan algo más de 50 kilómetros hasta llegar a Tuy. En la ciudad frontera con Portugal se ha gestado parte de la vida de Cela. Sus abuelos paternos eran de aquí y tenían  una preciosa casa familiar que queremos identificar y conocer.
Después de un completo desayuno empezamos a pedalear rumbo a nuestro destino. La N-550 está muy transitada en este tramo pero, afortunadamente, los desniveles son suaves; lo que no es suave es el calor que, a medida que avanza el día, va apretando cada vez más. Paramos en un bar y recordamos a otra ilustre escritora, Rosalía de Castro, la mujer que, según Cela, consiguió convertir el llanto en orballo y el orballo en poesía. También recordamos ese poema considerado de los más importantes de la lírica trovadoresca galaico portuguesa que tiene lugar en la i
lla de San Simón (”Estaba eu na ermida de San Simón e cercáronme as ondas que grandes son. Eu atendendo o meu amigo, eu atendendo o meu amigo”). Tomamos un refrigerio: refresco y tapita de lentejas que, aún a pesar de la temperatura, entran de maravilla. El aporte energético nos dan fuerza para continuar el trayecto hasta nuestra próxima parada gastronómica. Hay que decir que en esta ocasión, quizás contagiados por el espíritu de Cela, vamos todo el viaje poseídos de un apetito feroz. O le damos al pedal o le damos al diente. Ni Chus, que tiene la tripa un poco pesadita, pone freno a esta vena glotona que nos insufla el amigo Cela desde allá donde esté.
Después de muchos sudores, entre el kilómetro 149 y el 150, en Quintal, encontramos una casa de comidas, “Bocados”, con un sugestivo cartel para tiempos de crisis: “Menú a 7 €”. Decidimos parar, aunque sólo sea para resguardarnos del sol y refrescarnos un poco con el aire acondicionado y unos  refrescos. Comemos el menú del día y una vez apaciguado el estómago salimos a la terraza y elegimos una mesa con sombrilla para jugar la partidita de mus. Josito y Tere ganan la partida con un tanteo ajustado. Yo, no sé si desanimada por perder o temerosa de volver a padecer la sofoquina, miro con ganas el coche de apoyo. ¿Me voy con Chus y reconfortada por el aire acondicionado o sigo sufriendo los rigores climatológicos a golpe de pedal hasta Tuy? La duda me corroe un buen rato pero al final opto por terminar el viaje pedaleando (una tiene un pelín de masoquista). Por suerte, el trayecto que resta es casi todo cuesta abajo y se agradece. La bici se embala y el aire reconforta.
Cuando veo el cartel de Tuy no me lo puedo creer, me dan ganas de besar el suelo de la preciosa ciudad. Sabemos, porque lo dice Cela en "La Rosa", que la casa de sus abuelos en la que nació su padre en 1881, es "una casa hermosa, grande, bien instalada, con una buena bodega donde en tiempos se crió buen vino, rodeada de huerta amplia, a la entrada de Tui, a la derecha conforme se viene de Guillarey, dominando el tendido valle del Miño, con Portugal enfrente y el cementerio a la espalda". Con esa descripción litearia, un poco de suerte y la ayuda inestimable de la placa que sobre la misma fachada anuncia el nombre de la calle dedicada a Camilo José Cela, nos topamos con la casa de los abuelos paternos del escritor. Se trata de una elegante edificación en piedra que ocupa toda la manzana. 
Al lado, entro en un bar que lleva el nombre del autor de La familia de Pascual Duarte y allí me cuentan que Cela pasó muchas  temporadas en esta casa cuando era niño. Relata el escritor la pesada broma que le gastaron sus tías, diciéndole que él era un enano y que su mamá en vez de mamá era su hija. Esas putaditas me resultan desafortunadas y familiares porque a mí, cuando era niña, mis hermanas me decían que mis padres me habían recogido y que yo, en realidad, provenía de una familia gitana. Aquello me producía tanta angustia como le produjo a Camilo pensar que la bella y juvenil Camila, en vez de ser su madre, era su hija. Hay que ver lo crueles que pueden llegar a ser los adolescentes...
Una vez refrigerada me voy con Tere y Jose a pasear por el centro de la ciudad. Las chicas nos dejamos seducir por una zapatería con precios de saldo. Echamos un buen rato mientras Jose espera y desespera y ponemos nuestro granito de arena (en forma de euros) para que la economía del país no se aplatane más de lo que está.
Ya sólo nos queda llegar a Valença do Minho. En el hotel con el mismo nombre tenemos hecha la última reserva del viaje. Cruzamos el precioso puente de hierro que une España y Portugal. Nos detenemos unos segundos a contemplar el plácido transcurrir del Miño/Minho y disfrutamos del placer que tan generosamente nos ofrece la naturaleza. Pocos minutos después llegamos al Hotel Valença do Minho. Se trata de un alojamiento funcional y cómodo, cuyo atractivo principal -para mí- es una preciosa piscina. En cuanto la descubro anuncio a mis colegas que dudo entre tirarme vestida al agua o subir a la habitación para cambiarme. Opto por lo convencional. José me recuerda que estamos en Portugal y que aquí se cena temprano, pero sé que me da tiempo.
Me meto en el agua de la piscina y me entra una oleada de placer que borra de un plumazo todo mi cansancio. A esas horas, 19.30, hora portuguesa, apenas hay tres o cuatro personas en la piscina, con lo cual el placer es mayor. Josito también se anima a darse un chapuzón y después de hacer unos cuantos largos subimos a cambiarnos para ir a cenar. Chus y yo soñamos con un frango (pollo) a la brasa. El recepcionista del hotel nos manda al Iberia, un restaurante a pocos metros del hotel Valença do Minho. Nos sentamos en la terraza y una encantadora y muy profesional camarera nos dice que no hay frango, pero lo hace tan bien la chica que consigue que nos quedemos. Y no nos arrepentimos. Pedimos una ensalada variada para compartir y cada uno un segundo. Yo me tomo un pulpo a la brasa con cachelos que está de cine; las chicas bacalhao a la brasa y Josito un pescado parecido a la merluza que está muy bueno. Volvemos al hotel y las chicas vienen a nuestra habitación a ver fotos. Yo, no estoy para fotos ni ná de ná. Me tiro en la cama y me entrego a los brazos de Morfeo sin ninguna resistencia.

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